Desayuno de domingo en el bar
Los domingos se había impuesto como costumbre, el desayunar en alguno de los bares de la ciudad, mas que por un deseo desayunezco el tema era mostrar a Carlita, como carne en venta y venderla por supuesto, no como un intercambio comercial con dinero entrega recibo, no, no, el tema era que se pusiera de novia o en alguna situación similar.
Alicia y Teresa querían que su sobrina e hija respectivamente se enganche con algún hombre, Carlita tenía 30 años y venia lento el tema, no salía mucho, no tenía muchas amigas, poca vida social, no trabajaba no estudiaba, colaboraba en casa, eso sí, tampoco era que tuviera un retraso mental o algo así, solo estaba un poco gordita, y desalineada, para la tía Alicia.
Y no se casa y esta gorda y no hace dieta y no hace gimnasia y no tiene novio ni candidatos ni una simpatía, la tía repetía el discurso para disgustar aun mas a Teresa que no sabía qué hacer con su hija.
Solo se encontraba con algunas amigas y que encima estaban fuera de la cotización del deseo masculino, en realidad parecía que ellas eran bastante masculinas.
Las tres vivían juntas, comunión de mujeres, en una de esas casitas que tienen un patio de material delante con flores que cuidaban, cocina comedor todo de un solo paso, baño y dos dormitorios, el hombre de casa había muerto hacía unos años, ahí la tia Alicia se sumo a la casa, madre hija y tía solas andaban, y eso a veces no es fácil, un hombre suma, aunque sea un inútil, pero una casa de mujeres necesita un hombre porque él tiene que atender el teléfono el timbre al sodero cortar el césped sacar la basura hacer el asado mirar futbol tomar los mates que le seba la mujer y y y …
Esa mañana de domingo Teresa había dicho que prefería caminar y no tomar el taxi como era costumbre, el sol ya estaba y una caminata haría bien a las tres, se oxigenarían dijo medio gritando, como queriendo ya oxigenarse.
Así que ya levantadas, bañadas, arregladas y del brazo caminaron las cinco cuadras que separan la casa del bar.
Teresa, la madre, había saludado ese domingo a todo el mundo, no solo a mujeres, parejas y hombres viejos, como era lo habitual, sino que había incluido a hombres solos jóvenes y maduros, cosa que antes la ponía un poco incomoda, que se yo viste como es la gente.
En el bar las mesas al lado de las ventanas eran de las preferías por el trío, se ve a la gente de adentro y a los que pasan, y por supuesto todos ven a Carlita de todos lados.
Carlita esa mañana estaba, digamos, deslumbrante, dentro de sus posibilidades de deslumbrar, se había atado el pelo en un rodete gigante, maquillado, perfumado, arreglado más, más, más de lo normal, capaz hoy se da pensó su madre, el calorcito de la primavera pone los cuerpos en modo de caza.
El celular que se saca y un mensaje que se manda para demostrar que uno no está solo en este puto mundo, que hay alguien del otro lado de la línea, y las ganas que alguien se acerque cuando se abre la puerta de bar, a dar un beso, a saludar, que solo mire, que solo me mire, mandar estados en el face a cada rato para mostrar donde se está por si alguien se arrima y así vamos andando sin saber bien en qué consiste esto de vivir, menos en soledad.
Dos tetas que llegan y a mirar, piensa Carlita, son de verdad no de pantalla, con ganas con deseo con desenfado que se note que se note todo lo que le haría, por ahí se engancha y que se yo y las ganas y las ganas y las ganas.
En la mesa de al lado una chica con su computadora y un desayuno a medio terminar, de lentes con papeles en la mesa, la saluda a Carlita.
Mamá Teresa estaba de espaldas así que no la ve a la vecina ocasional.
Carlita la sabe, la conoce, charlaron una vez, se gustaron un poco, se quedaron con algo de ganitas, apenas se saludaron así medio en duro como cuando uno no sabe bien cómo hacer algo pero lo hace y se nota raro y esto es un pueblo y qué querés que haga, capaz en otro lado más grande con más gente más abierto no sé, no sé, no sé.
-hola carlita
-hola como estás
-bien vos
-bien bien
-vení sentate
Carlita se levanto y se sentó en la mesa de la desconocida, la tía Alicia miraba medio sorprendida, alguna amiga, alguna chica de algún negocio donde compraba Carlita, alguien que conocía, mamá medio que iba a girar para mirar pero al final no, mejor.
Carlita estaba nerviosa, con las manos agarró su celular, el celular de la chica, tocó el borde de de la mesa, tocó un poco la computadora, movió el platito con el pedazo de medialuna que quedaba, agarró un sobrecito de azúcar, lo leyó buscando un pensamiento para el momento, se sonrío, se toco el pelo, se lo volvió a acomodar, cruzó la pierna, con la rodilla golpeo la mesa, se volvió a sonreír, movió la mano suya hacia la de la otra chica, se rosaron y la chica de lentes se acercó y le dio a Carlita un beso feroz de esos que no se ven mucho en público, menos de dos mujeres, de lengua, profundo lento, de nuevo profundo jugoso de súper, súper, súper deseo, un beso que no deja dudas, que esto seguro termina en la cama, ay que calor.
La madre seguía sin ver la situación, la tía Alicia le hizo señas que se de vuelta mientras le decía medio, medio fuerte.
-Teresa Teresa no vamos hacer abuelas, a Carlita le gustan las mujeres
A la madre de Carlita el vaso con jugo exprimido de naranja dulce de exportación se le cayó sobre la falda de su pollera blanca, que combinaba con una camisa de mangas cortas estampada con flores de colores, con dos botones abierto que dejaba ver la cruz de oro que le regalo su difunto marido para un aniversario de casados, una camisa más osada que su vestuario habitual de desayuno de domingo en el bar.
Había sido una mañana atrevida en general, sí señor, no nos podemos quejar.
Y la navidad que se viene encima y los deseos que no se cumplen, y ya no alcanza con rezar.
Hernán Sarmiento.